Tus huesos después de los 50: lo que la menopausia le hace a tu esqueleto

Tus huesos después de los 50: lo que la menopausia le hace a tu esqueleto Los huesos no duelen cuando se debilitan. No avisan. No dan señales visibles. Simplemente van perdiendo densidad en silencio, y muchas mujeres solo lo descubren cuando se produce una fractura, a veces por un golpe que en otras circunstancias no habría supuesto nada. Por eso la salud ósea en la menopausia es uno de los temas que más me importa abordar, aunque sea uno de los que menos urgencia genera hasta que es demasiado tarde. A diferencia de otros síntomas de la menopausia, que se notan y por eso se atienden, el hueso trabaja en silencio, y esa silenciosidad es precisamente lo que lo convierte en uno de los aspectos que más merece atención preventiva, no reactiva. En este artículo te explico por qué la menopausia afecta tanto a tus huesos, quién tiene más riesgo de osteoporosis, qué papel juegan el calcio, la vitamina D y otros nutrientes, por qué el ejercicio es tan determinante, y cuándo conviene hacerte una densitometría. Por qué la menopausia afecta a los huesos El estrógeno tiene un papel fundamental en el mantenimiento de la masa ósea. Regula el equilibrio entre las células que forman hueso nuevo (osteoblastos) y las que lo destruyen (osteoclastos), en un proceso continuo de renovación llamado remodelado óseo. Mientras los niveles de estrógeno son adecuados, ese equilibrio se mantiene razonablemente estable. Pero cuando el estrógeno cae con la menopausia, la destrucción ósea supera a la formación, y la densidad de los huesos disminuye de forma acelerada. En los primeros cinco años después de la menopausia, algunas mujeres pueden perder hasta un 20 por ciento de su masa ósea, siendo esta la fase de pérdida más rápida de toda la vida de una mujer. Eso no significa que todas vayan a desarrollar osteoporosis, pero sí que el riesgo aumenta de forma significativa en esta etapa y que actuar a tiempo, antes incluso de la menopausia, marca una diferencia real en cómo llegas a esta fase. Osteopenia y osteoporosis: qué significan estos términos La osteopenia es una fase previa a la osteoporosis, en la que la densidad ósea ya está por debajo de lo normal pero no ha llegado a los niveles que definen la osteoporosis. No toda osteopenia evoluciona a osteoporosis, pero sí merece seguimiento y, sobre todo, es el mejor momento para intervenir con cambios de hábitos antes de que la pérdida ósea avance más. La osteoporosis, por su parte, se define como una densidad ósea significativamente reducida que aumenta de forma notable el riesgo de fracturas, incluso ante golpes o caídas de poca intensidad que en un hueso sano no causarían ningún daño. Quién tiene más riesgo de osteoporosis Además del descenso de estrógeno, hay otros factores que aumentan el riesgo de osteoporosis: la delgadez (tener poco peso corporal protege menos los huesos), el tabaquismo, el consumo elevado de alcohol, una historia familiar de fracturas u osteoporosis, haber tenido una menopausia temprana (antes de los 45 años), periodos prolongados de amenorrea en la vida adulta (por ejemplo, por trastornos alimentarios o ejercicio muy intenso sin suficiente aporte energético), o haber tomado corticoides durante tiempo prolongado por otras condiciones de salud. Si reconoces alguno de estos factores, merece la pena hablarlo con tu médico para valorar si conviene adelantar las pruebas de seguimiento. También influyen algunas condiciones médicas menos conocidas en este contexto, como el hipertiroidismo no controlado, la enfermedad celíaca no diagnosticada (que dificulta la absorción de nutrientes, incluido el calcio) o la diabetes tipo 1. Ninguno de estos factores, por separado, determina que vayas a desarrollar osteoporosis, pero cuantos más reúnas, más justificado está adelantar la valoración de tu salud ósea en lugar de esperar a la edad de cribado general. Calcio y vitamina D: imprescindibles, pero no suficientes Cuánto calcio necesitas y de dónde obtenerlo Las mujeres mayores de 51 años necesitan 1.200 miligramos de calcio al día. Eso equivale, aproximadamente, a tres o cuatro raciones de lácteos u otras fuentes ricas en calcio como las sardinas con espina, el brócoli, las almendras, el tofu o las bebidas vegetales enriquecidas. No hace falta que todo ese calcio venga de lácteos si no te sientan bien o prefieres no tomarlos, pero sí conviene ser consciente de sumar varias fuentes a lo largo del día, porque es difícil llegar a esa cantidad con una sola comida. La vitamina D, la llave que abre la puerta La vitamina D es igualmente crítica porque sin ella el calcio no se absorbe bien en el intestino, por muy buena que sea tu ingesta a través de la dieta. La recomendación general es de 600 a 800 UI diarias, aunque en muchos casos, especialmente en zonas con poca exposición solar o en mujeres que pasan poco tiempo al aire libre, los niveles están por debajo de lo óptimo y puede ser necesario suplementar, algo que conviene confirmar con una analítica antes de decidir la dosis. El papel del ejercicio de fuerza e impacto Pero el calcio y la vitamina D solos no son suficientes. El ejercicio de impacto y de fuerza es uno de los estímulos más potentes para el hueso: caminar, correr, saltar, hacer pesas. El hueso responde a la carga mecánica formando más tejido, de la misma manera que el músculo responde al entrenamiento de fuerza generando más masa muscular. El sedentarismo, por el contrario, acelera la pérdida ósea, incluso si la ingesta de calcio y vitamina D es adecuada. El entrenamiento de fuerza, en concreto, es especialmente eficaz porque combina el estímulo mecánico directo sobre el hueso con el desarrollo de masa muscular, que a su vez protege las articulaciones y reduce el riesgo de caídas, la principal causa de fracturas relacionadas con la osteoporosis. Ejercicios como las sentadillas, el peso muerto adaptado o simplemente caminar cargando algo de peso adicional son opciones accesibles para incorporar este estímulo sin necesidad de un gimnasio especializado. Además del entrenamiento de fuerza, los ejercicios que trabajan el